Cuando yo no era más que un cachorrito adorable, que no quiero decir que ahora no sea adorable, que lo soy (pero de eso ya os habéis dado cuenta), la mamá de la bruja compartía su yogur conmigo. Poca cosa, como una cucharadita de café, al día. No es que fuera rácana la señora, es que decían que la leche no era buena para los gatos. Esta gente no sabe las cosas que yo me he comido en, con plumas y todo. Los murciélagos sin plumas, claro. Bueno pues, tenía ella yogures de todos los sabores, colores y texturas. Con frutas, sin frutas, con galleta, cereales, de todo. El paraíso de los yogures estaba en la nevera.
A mi el que me chifla es el griego, con su peculiar sabor ácido y ese punto cremoso. ¡Miauuuum, se me hace la boca agua y los bigotes gelatina!
Pues desde que la bruja vive conmigo, no hay yogur a diario. Se acabó lo que se daba. Qué dice que no es sano para un gato. De tonto no tengo un bigote, y me he dado cuenta de que, la muy bruja, reserva el yogur para que me trague la pastilla de turno. Por suerte, el grandote, si no está ella y le miro con la carita triste del gato de Shrek, me da un poco del suyo. En realidad, me lo da para comprarme y que le quiera. Pobrecico, se le ve buen hombre.
Como recursos no me faltan, he urdido un plan para que vuelva el yogur diario. Cuando vaya al veterinario (al primo de Hannibal Lecter no, a otro que es mucho más agradable), le voy a indicar, como el que no quiere la cosa, que me prescriba una pastilla al día. No sé, un Adiro, por ejemplo. "Para evitar los trombos, doctor, que desde que vivo en la jungla de asfalto, no hago nada de ejercicio y me va a dar un jamacuco por sedentarismo". Una genialidad, lo sé. Aunque en realidad, solo hago uso de mi arrolladora personalidad: Adorable, atractivo, ágil, perspicaz, inteligente, conmovedor, seductor y sobre todo, manipulador. Lo tengo todo. "Sobre todo, modestia -replicaría la bruja- porque nunca la gastas".



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