Qué si podamos, dice.
Yo me quedo aquí, que cuanto más grande es el corte, más tarda en cerrarse.
Soy un gato callejero bastante genial, la verdad. Orgulloso y esquivo. Libre y soberano. Altivo y arrogante. Fundamentalmente gato. Y estoy hasta los bigotes de los que creen que todos los gatos son iguales.
Dice la arpía que vive conmigo que no sabe cómo lo hago, pero que las propiedades que hago mías siempre son las más caras. Por ejemplo: El sofá del estudio. No me gusta, huele a barato. No le veo arañable, la verdad. Sin embargo, el sofá de la sala es otra cosa. Tiene un punto... la altura, la textura... Está diciéndome, ¡rasgúñame, anda y hazme plenamente tuyo!
Dice Antonio Burgos que cada gato lleva un notario dentro. ¡Doy fe! Yo levanto acta de cuanto me pertenece ipso facto. Tengo un sistema de acumulación de bienes que pondría de los nervios a la Liga Comunista. Gozo de un ramalazo capitalista y latifundista que asusta.
En la foto podéis ver la tentadora esquina de mi sofá favorito. En ella dejé impresa mi escritura de propiedad en cuanto la vi. Un arañazo sin importancia, pero la bruja puso el grito en el cielo.
¡Es lista la individua!
Primero: Sabe que no voy a dejar de arañar porque es una necesidad gatuna saludable y un comportamiento natural. Segundo: Se ha dado cuenta de que no puede educarme para que yo arañe donde ella quiere. Así que, ha colocado el donde ella quiere en donde quiero yo. Y ha dicho: Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él.
¡Pero, qué malito me puse!
Dicen algunos que puedes curarte si entiendes tu enfermedad. Pues yo me voy a quedar pachucho pa'to la vida. Linfadenopatía mesentérica. Ese es mi diagnóstico.
Para contaros la versión resumida os diré que mi brujilla linda me llevo a 3 clínicas veterinarias en dos días. En la primera, el diagnóstico no encajaba ni con calzador. En la segunda, la cosa parecía grave pero me dijeron que tenía que esperar a la semana que viene porque no estaba el ecografista. Menos mal que mi Rosamita tiene amigas super listas y entendidas. Una de ellas, Carolina, que siempre ha trabajado con veterinarios, le dijo que si esperaba a la semana que viene, este finde yo me iba para el país de los quietos sin remedio.
Le recomendó que me llevara a la en Clínica veterinaria Elvira, en Santander. Y así fue como unos profesionales más grandes que la catedral de Burgos, me salvaron la vida. La ecografía y mis síntomas revelaron que estaba pasando algo grave, aunque no sabían qué. Así que me practicaron una laparatomía exploratoria. Lo que viene siendo un abrir para ver. Y aquí sigo, ingresado en el hospital, echando de menos a mi brujilla buena, a la que, como ya sabéis, quiero mucho, tanto como un corazón gatuno permite querer.
A ver, Securitas Direct, ¿no decíais que dabais protección total? ¡Demanda judicial, ya!
Hay un okupa en mi coto de caza. Un gato atigrado gris. Un gato romano, común y corriente. ¡Qué desfachatez! ¡Ya no hay respeto a territorios ajenos! ¡Cuánto daño ha hecho Antonio Burgos con su Gatos sin fronteras!
Pues dice la bruja que es "monísimo y zalamero". ¡No va a ser zalamero, si le ha puesto un cuenco como la marmita de Panorámix de grande, remecido y rebosante de MI comida favorita! Tenía el intruso más hambre que un caracol en un espejo.
A ver colega, que a mi no me engañas. Ese derroche de arrumacos que le has dedicado a mi esclava es cohecho puro y duro. Te la estás camelando descaradamente. Ahora te saca un cuenco con comida y mañana estás durmiendo en su cama. ¡Menos mal que estoy yo aquí para impedir tanto desatino!
¿No le ha llamado "Cosita guapa", la muy judas? Pero, ¿"Cosita guapa" no era yo? Ya lo dijo Julieta: "¡Ah, no jures por la luna, esa inconstante luna que cada mes cambia en su esfera, no sea que tu amor resulte tan variable!". Pues ésta cambia de amor gatuno más que la luna de fase. Ese órgano que tiene en la cavidad torácica no es un corazón, es la boca del metro.

Un estudio realizado por la Universidad Callejera de Gatos de Ohio concluye que el transportín es una mierda.
Bueno pues, la bruja tiene obsesión con el transportín, oye. No sé qué le ve a este trasto del demonio. Me dice que le ponga interés, que le explore. ¡Ni que fuera esto la Ruta de la Seda! Me interesa menos que la reproducción del percebe.
Mira lo que te digo: tengo doscientos millones de células olfativas y el transportin no me huele bien por muchas chuches que le pongas dentro. Me huele a cámara de tortura, señora inquisidora.
Bueno, pues os parecerá mentira, pero el trasportín ha desaparecido. Hace semanas que no le veo. Retiro lo de señora, inquisidora. (Hay que fijarse bien en los detalles).
Como todo el mundo sabe, una de las peculiaridades que adornan mi carácter es que odio que me saquen de mi zona de confort. Pues esta mujer es como Norma, la madre de Norman Bates. Solo le falta el cuchillo. A falta de cuchillo, tiene coche. Otra cámara de tortura pero con ruedas. Cuando más a gusto estoy deleitándome en la vida contemplativa, va ella y ¡zas!, me mete en el coche.
Eso sí, tengo que decir que desaparecido el transportín, el apartado
coche ha mejorado ostensiblemente. Ahora viajo cómodamente en el asiento
trasero sujeto con mi arnés y cinturón de seguridad. No es que me relama de
gusto, pero una mejora, es una mejora. Un punto para la madre de Norman Bates.
¡Estos esclavos de ciudad no le llegan a Fernanducu ni a los tacos de las madreñas!
Que dice la bruja que no son horas. Que no hay excusas para que todos los días a las cuatro de la mañana, ponga mis frías patitas en su cara. Que si tengo el comedero lleno, no hay excusas. ¡Qué ingrata! ¡Si soy la consideración en gato, que hasta he tenido la deferencia de pasar antes por el arenero para higienizarme!
¡Qué poca psicología felina tiene la mujer! Las cuatro de la mañana es una hora perfecta para socializar. Yo maúllo, ella se levanta. Así funciona. Se levanta y me acaricia un rato. O sea, que está encantada de levantarse. Su lenguaje corporal impugna sus palabras de protesta, pero no se entera. Es un ir y venir de mensajes contradictorios. Menos mal que soy un gato centrado... en mí mismo.
Además, ya que después no puede volver a dormirse, debería darme las gracias por añadir unas horas más a su día, ¿no? Pues no. En vez de eso, abre el congelador y me enseña un paquete en el que pone: Pollo troceado. Y me ha dicho, mirándome fijamente: "Éste, cantaba todos los días a las 5 de la mañana. Can-ta-ba".
¡Cómo echo de menos a Fernanducu, siempre a mis ordenes con una sonrisa! ¡Y prácticamente, era vegetariano!
Qué si podamos, dice. Yo me quedo aquí, que cuanto más grande es el corte, más tarda en cerrarse.