jueves, 18 de febrero de 2021

A la m el transportín

 

Un estudio realizado por la Universidad Callejera de Gatos de Ohio concluye que el transportín es una mierda. 

Bueno pues, la bruja tiene obsesión con el transportín, oye. No sé qué le ve a este trasto del demonio. Me dice que le ponga interés, que le explore. ¡Ni que fuera esto la Ruta de la Seda! Me interesa menos que la reproducción del percebe.

Mira lo que te digo: tengo doscientos millones de células olfativas y el transportin no me huele bien por muchas chuches que le pongas dentro. Me huele a cámara de tortura, señora inquisidora. 

Bueno, pues os parecerá mentira, pero el trasportín ha desaparecido. Hace semanas que no le veo.  Retiro lo de señora,  inquisidora. (Hay que fijarse bien en los detalles). 

Como todo el mundo sabe, una de las peculiaridades que adornan mi carácter es que odio que me saquen de mi zona de confort. Pues esta mujer es como Norma, la madre de Norman Bates. Solo le falta el cuchillo. A falta de cuchillo, tiene coche. Otra cámara de tortura pero con ruedas. Cuando más a gusto estoy deleitándome en la vida contemplativa, va ella y ¡zas!, me mete en el coche. 

Eso sí, tengo que decir que desaparecido el transportín, el apartado coche ha mejorado ostensiblemente. Ahora viajo cómodamente en el asiento trasero sujeto con mi arnés y cinturón de seguridad. No es que me relama de gusto, pero una mejora, es una mejora. Un punto para la madre de Norman Bates.





lunes, 1 de febrero de 2021

Socializando

¡Estos esclavos de ciudad no le llegan a Fernanducu ni a los tacos de las madreñas!

Que dice la bruja que no son horas. Que no hay excusas para que todos los días a las cuatro de la mañana, ponga mis frías patitas en su cara. Que si tengo el comedero lleno, no hay excusas. ¡Qué ingrata! ¡Si soy la consideración en gato,   que hasta he tenido la deferencia de pasar antes  por el arenero para higienizarme! 

¡Qué poca psicología felina tiene la mujer! Las cuatro de la mañana es una hora perfecta para socializar. Yo maúllo, ella se levanta. Así funciona. Se levanta y me acaricia un rato.  O sea, que está encantada de levantarse. Su lenguaje corporal impugna sus palabras de protesta, pero no se entera. Es un ir y venir de mensajes contradictorios. Menos mal que soy un gato centrado... en mí mismo. 

Además, ya que después no puede volver a dormirse, debería darme las gracias por añadir unas horas más a su día, ¿no? Pues no. En vez de eso, abre el congelador y me enseña un paquete en el que pone: Pollo troceado. Y me ha dicho, mirándome fijamente: "Éste, cantaba todos los días a las 5 de la mañana. Can-ta-ba". 

¡Cómo echo de menos a Fernanducu, siempre a mis ordenes con una sonrisa! ¡Y prácticamente, era vegetariano!





No podamos, no.

Qué si podamos, dice.  Yo me quedo aquí, que cuanto más grande es el corte, más tarda en cerrarse.